Durante las veces que lo frecuenté nunca pasé de esa puerta, que en principio me parecía la entrada a un mundo mágico, algo así como la infancia, los mejores años, una regresión.
Sin embargo, siempre quise hacerlo, aun cuando sé que la situación han cambiado, por el simple hecho de que ahora la cuestionada soy yo, por mi misma, no solo por él.
No quiero decir que las cosas fueran diferentes a lo de ahora, pues las pláticas siempre fueron profundas y en cada una de ellas una reflexión la acompañaba, y a su vez ésta se instalaba en mi mente por horas, incluso días. Una ocasión, una de las tantas reflexiones pasó a formar parte de mí, pues ésta daba respuesta a una práctica poco saludable que constantemente realizaba con mi cuerpo.
Cada sesión siempre era una charla íntima entre dos individuos que prácticamente eran desconocidos entre ellos, y que sin embargo platicaban de los temas más insospechados y menos comunes en un rutinario día.
Extraño esos días, en los que caminar por el largo pasillo y los infinitos escalones me daban la impresión de dar un paso más al cielo.
Realmente creo que nada debió haber cambiado, pero como él mismo confesó después, todo se debió a una engañosa jugada de la mente inquieta que poseía.
Nunca me arrepentí de haberme internado demasiado profundo dentro de sus azules ojos, y aún un poco más en sus enigmáticas palabras, jamás me negué a apasionarme de aquellas confesiones que más que comentármelas me parecía eran dedicadas especialmente a mi.
Ahora crucé el umbral, mucho más allá de la puerta, él me hizo mi propia realidad, me indujo a la reflexión, y logró que me internara dentro de los complicados laberintos de la mente.
Pero creo que nunca medimos los riesgos, él de escucharme demasiado y al mismo tiempo de enseñarme lo que sólo debió conocer él. Yo, de tomarme demasiado en serio sus palabras, de ser demasiado conciente de mi persona.
Ahora, cada vez que cruzó la puerta es para posarme junto a la ventana, en el preciso lugar donde más luz entra, y des ahí escuchar a otro yo hablar, pensar y reflexionar sobre su existencia. Mientras él lo único que hace es escuchar.
Sin embargo, siempre quise hacerlo, aun cuando sé que la situación han cambiado, por el simple hecho de que ahora la cuestionada soy yo, por mi misma, no solo por él.
No quiero decir que las cosas fueran diferentes a lo de ahora, pues las pláticas siempre fueron profundas y en cada una de ellas una reflexión la acompañaba, y a su vez ésta se instalaba en mi mente por horas, incluso días. Una ocasión, una de las tantas reflexiones pasó a formar parte de mí, pues ésta daba respuesta a una práctica poco saludable que constantemente realizaba con mi cuerpo.
Cada sesión siempre era una charla íntima entre dos individuos que prácticamente eran desconocidos entre ellos, y que sin embargo platicaban de los temas más insospechados y menos comunes en un rutinario día.
Extraño esos días, en los que caminar por el largo pasillo y los infinitos escalones me daban la impresión de dar un paso más al cielo.
Realmente creo que nada debió haber cambiado, pero como él mismo confesó después, todo se debió a una engañosa jugada de la mente inquieta que poseía.
Nunca me arrepentí de haberme internado demasiado profundo dentro de sus azules ojos, y aún un poco más en sus enigmáticas palabras, jamás me negué a apasionarme de aquellas confesiones que más que comentármelas me parecía eran dedicadas especialmente a mi.
Ahora crucé el umbral, mucho más allá de la puerta, él me hizo mi propia realidad, me indujo a la reflexión, y logró que me internara dentro de los complicados laberintos de la mente.
Pero creo que nunca medimos los riesgos, él de escucharme demasiado y al mismo tiempo de enseñarme lo que sólo debió conocer él. Yo, de tomarme demasiado en serio sus palabras, de ser demasiado conciente de mi persona.
Ahora, cada vez que cruzó la puerta es para posarme junto a la ventana, en el preciso lugar donde más luz entra, y des ahí escuchar a otro yo hablar, pensar y reflexionar sobre su existencia. Mientras él lo único que hace es escuchar.

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