Merlot...
Merlot Rosa me acompañaba mientras intentaba retomar mi labor periodística...
Su compañía no me agradaba del todo, pero a medida que pasaba el fecto cocainómano, y debido a que en el frigorífico ya no había rastro del vino tinto mexicano, ni del torito tlacotalpeño, Merlot resultó imprescindible.
Poco a poco fui tomándole cariño, observando minuciosamente su nada extraordinaria presentación, simple a tal grado de caer en lo corriente, sin embargo, el sudor que poco a poco emanaba de su ser, lo hacía apetecible con cierto grado de provocación a probarlo, y el color....... ese era asunto aparte... evidentemente rosa no era, y a través de la luz destellaba un leve carmesí parecido al leve rubor que emana una mujer que se sabe observada por un extraño.
Merlot permaneció por varios meses en el exilio, resultando útil en el ocaso de un día caluroso, pero más que todo consolador, delicosamente conveniente y cautivador, sin embargo, Merlot al término de su último gota, no volvería a estar conmigo ni el el refri de mi casa ni en mis labios, ni él ni mucho menos algunos de sus descendientes.
